Fernanda Pallares sufrió una mala praxis y el básquetbol le cambió la vida

Fernanda PallaresCon 27 años, unos cuantos sellos en el pasaporte y muchas historias que ella dice disfrutar con sólo espiar un poco de su pasado, Fernanda Pallares se siente la mujer más plena del universo. No siempre fue así. Vivió casi en el encierro por decisión propia, por vergüenza, según reconoce quien en 2018 obtuvo un reconocimiento de LA GACETA por haber sido una de las integrantes del seleccionado femenino de básquet en silla de ruedas que jugó el Mundial de Hamburgo, Alemania.

Curioso es su caso, porque Fernanda no tenía la más pálida idea de lo que era el básquet, menos el adaptado. “De la silla no te vas a caer”, le dijeron la primera vez que se animó a pisar el predio de Fadit, a la vuelta de su casa. Ramón Muro es quien la convenció de probar con el deporte que Emannuel Ginóbili y el resto de la Generación Dorada condujeron a la gloria misma. “No tenía idea de qué se trataba, menos jugarlo con una silla de ruedas. No me animaba”, comenta Pallares, que se ríe de esos años amargos de colegio primario y de escuela secundaria. “La pasé muy mal. Me costaba asumir mi discapacidad. Ahora, en cambio, soy otra persona. Soy feliz”, en su voz no caben dudas, hay algo más que júbilo. Fernanda es todo lo que quiere ser.

La desgracia fue la que tocó la puerta de Fernanda cuando era chica. Tenía tres años y quien le colocó una inyección lo hizo tan mal que le paralizó una pierna para siempre. “Una mala praxis me ocasionó una anormalidad en la marcha de mi pierna derecha. No puedo correr ni saltar. Camino con dificultad”, explica. Desde hace un tiempo es otra y se nota. Ya no es más la nena temerosa de la infancia.

Su maestro

Muro fue su gran maestro, el que le insistió que se anime a entrar en el básquet, que lo juegue; que intente. “No quería saber nada”, vuelve a repetir, pero al toque sonríe. En aquella época, a sus jóvenes 18 años, la oscuridad había tapado su luz. Pero un día todo cambió. “Fue cuando decidí probar. Ramón me insistió y hasta que le dije que sí. Un día me animé y fui”. Era momento de otra etapa. “La etapa del aprendizaje costó, pero en la vida todo pasa por lo que uno desea de sí mismo”. Eso fue lo que hizo Fernanda: probar. “No quería saber nada cuando me pidieron que me siente en una silla de ruedas. ‘Tiene cinco ruedas, no te vas a caer’, me decían. Le hice caso. Me senté, empecé a moverme y me gustó muchísimo”.

Nada es imposible

Lo que siguió después fue la ejecución de todo lo que ella consideraba imposible. “No sabía cómo se picaba la pelota, cómo se jugaba, cómo se remaba en la silla y se picaba la pelota. No tenía idea de nada. Empecé a ir tres veces a la semana y me enseñaron todo. De cómo mover la silla a posicionarme en la cancha, o dar pases. Era una niña entre todos hombres en el equipo, je”, así aprendió, entre maestros. Dos años después las puertas de lo increíble se le abrieron por completo. “Me llamaron por primera vez a una concentración de la Selección en Escobar (Buenos Aires)”. Bingo.

Le costó a Pallares llegar hasta esa concentración, su primera concentración. “No tenía certificado de discapacidad, tampoco recursos económicos para viajar, pero llegué. Allá me costó al principio pero era por mí, porque sentía que venía del interior”. Siete años después, con un Mundial encima y una mirada que siempre va al frente, porque ya nada le avergüenza, Fernanda Pallares es de esas personas que no pueden tener título matriculado de súper héroe, pero todos los que la conocen saben que lo es. Que ella bien podría ser la heroína que puede contar esa historia que motive a salir a aquellos que conviven con el lado oscuro de la vida y prefieren esconderse en las sombras y no brillar con luz propia.

Fuente: La Gaceta
Fotos de Diego Aráoz

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