Gabriel “Tompy” Díaz, nota de agosto de 1992 del diario LA GACETA

A SU MANERA. “Tompy” nunca insinúa siquiera un autoelogio cuando recuerda su carrera de jugador.

Domingo, 04 de Agosto de 2002: Tompy” Díaz, un crack que rompió los moldes y siempre fue fiel a sí mismo.

Había una vez… Pero Gabriel “Tompy” Díaz no es un cuento. Con él la realidad superó a la fantasía. Allá por 1955, en el basquetbol tucumano irrumpió una figura que quebró los moldes y despertó en el público que no era afín a este deporte -ese era el detalle- la curiosidad por saber quién era “ese Tompy del que se habla tanto”.

Alguien hubiera dicho que el hombre en cuestión había nacido sobre la cancha de Tucumán BB. Porque su identificación con el club de calle Suipacha fue total. “Lo que son las cosas -señala-; yo firmé para Redes y nunca jugué ahí. Mi hermana Norma (fue jugadora de ese club y campeona sudamericana con Argentina en el 48) fue la que me volcó a este deporte”. Claro que en los “bebés”, al comienzo, lo miraban de reojo, ya que para los códigos de entonces era una casi una herejía que los del barrio osaran usar otros colores. Y la familia Díaz vivía a media cuadra de la cancha.

“Tompy” parece incomodarse cuando se ponderan algunas de sus improntas brillantes de juego. Nunca insinúa siquiera un autoelogio. Con un discurso lineal, como si hablara para él solo y sin alterarse en ningún momento de la charla, marca un sutil sentido del humor. “No me pida anécdotas, porque las que me acuerdo ahora son para desprestigiarme”, dice.

“Cuando tenía 18 años un empresario me quiso llevar a Brasil. A mí se me ocurría que iba al fin del mundo. Y contesté no”, recuerda. Nada que ver con la actualidad. Su hijo “Gaby”, un jugador que trascendió fuerte en la Liga Nacional, tiene chances de ir a jugar a Europa. Por su abuela paterna italiana podría tener los papeles de comunitario. Está más que ansioso, pero el tema se dilata. Su padre, mientras, confiesa que se pone muy nervioso cuando ve a “Gaby” jugando. “El es tranquilo -dice – Yo era muy protestón”.

“Tompy” fue el protagonista principal de una época de oro. Ganó con Tucumán BB torneos consecutivos en cadetes, luego en juveniles y después en la división superior. “Los clásicos con Mitre llegaron a superar en expectativa a los de All Boys-Estudiantes”, asegura.

Siempre con el número 7 en la camiseta de su equipo y de los combinados tucumanos, Díaz fue por largos años un conductor con un arsenal que llevaba fintas, fajas, cambios de mano ingresando “en el aire” al cristal, mágica rapidez en los pases pero, sobre todo, sapiencia. Más que espectacularidad, talento. Un jugador diferente, en síntesis.

Después incursionó como DT y se dio el gusto de ganar un Anual (con Caja, el primero que obtuvo ese club) en una final con Mitre.

Díaz, que creció junto a valores locales como Goyo Moreno, Zarlenga y Tío Suárez, dice que Chicho Molina, el santiagueño Lledó y los bahienses Fruet y Cabrera fueron los que más lo impresionaron en el país. Y Jordan en la NBA. “claro que en este caso la TV pesa mucho, porque antes uno a los extranjeros los veía sólo en las revistas”, comenta.

El ex crack se lamenta de que en nuestra provincia el básquet haya perdido tanto peso; de que se hayan alejado las mujeres de los estadios y de que los barrabravas alteren el ambiente. Reconoce la importancia de la Liga Nacional. “Se van jugadores del país pero se pueden formar selecciones para pelearle al más pintado -analizó-. Argentina debe estar entre los seis primeros en el mundo actualmente”.

“El básquet se renueva para agilizarse -agrega-. Los reglamentos se modifican. Antes era más vistoso. Pero desde hace mucho que la altura y el aspecto físico se privilegian en el juego y sólo se piensa en el goleo”.

Hay espacio para preguntarle del momento del país. “Podremos salir si se componen los políticos y la gente sabe elegir. Es urgente una política de contención para los chicos. Hay muchos, dolorosamente, que ingresaron en la delincuencia y quizá ya no tengan retorno. Los abuelos están desamparados”, responde.

“Tompy” fue recorriendo su camino en la vida tal vez sin sacarle jugo a sus capacidades. Lo hizo a su manera, con las vicisitudes de cualquier humano y soportando con dignidad algunas contras físicas. En realidad, no podría haber cambiado. Tal vez no lo diga él, tal vez ni lo piense, pero su personalidad impone una frase. “¡quién me quita lo bailado…!”, concluye.

Fuente: LA GACETA

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